IE Benedikta Zur Nieden

Lectura rápida por Óscar Henao Mejía

Yo también caí años atrás en la trampa de ilusionarme con un costoso método de lectura rápida. Con ambiciones enciclopédicas me matriculé en una academia de amplio prestigio aspirando leer de forma vertical y vertiginosa. Por fortuna, rápido percibí la distancia entre devorar un texto y saborearlo, y fue fácil tomar la determinación de cederlo al primer interesado. Hay abismal diferencia entre acceder a la información y procesarla, entre ser un erudito y tener capacidad de análisis y de reflexión. Lo que importa finalmente no es cuánto saber se acumula, sino cuánto llega a estructurar de forma positiva nuestra vida, si la dotas de contendido y cimienta nuestra identidad.

Esa moda es una buena imagen para simbolizar la tendencia actual de la educación -pública y privada- a la aceleración de todos los estadios del aprendizaje, no solo de la lectura, la escritura y las matemáticas. Promovida por los “procesos de calidad” y las pruebas SABER y PISA, se ha generalizado la consigna de competir por quién aprende primero o qué institución saca con mayor rapidez los productos de la escuela. Muchos colegios se ufanan porque sus estudiantes logran en tres semanas lo que usualmente se alcanza en un semestre. En sus proyectos educativos parece que la enseñanza fuera una carrera contra el reloj.

Los padres y acudientes caen en la misma trampa. Tema obligado de sus conversaciones cotidianas es sobre qué tan temprano empezaron sus niños no solo a caminar, sino también a leer y hacer las operaciones básicas de matemáticas. Sin dimensionar los efectos en las posibilidades de una existencia feliz, celebran estrepitosamente sus manifestaciones precoces con posturas de adultos, que se vuelven virales en las redes sociales. Por eso son tan rentables los cursos de aprestamiento y aceleración del aprendizaje, de los que hay amplia oferta comercial.

Sutilmente recortamos la franja de la niñez, y apuramos de forma prematura los roles y responsabilidades de la vida adulta. Grave error, porque más importante que el éxito es la felicidad. Y si el éxito no nos lleva a la felicidad, no es éxito, es fracaso. Es posible que llegar antes de tiempo tenga otros efectos que no sean los esperados en la formación humana. Los resultados pueden ser fatiga, deterioro de la salud, hastío, fastidio de la escolaridad y del conocimiento, y, en algunos casos, desconexión con el objeto principal de la escuela, que es la socialización. Es fácil entender, entonces, por qué se ha disparado la frecuencia del registro de males de la memoria, estrés, prematuras afecciones graves de la salud y suicidios. El tiempo del aprendizaje tiene que ser un tramo de disfrute y no de sufrimiento, angustia o ansiedad.

Pero esa tendencia no es solo para la educación. En todos los aspectos de la vida sucumbimos ante el embrujo de la rapidación. Aunque la naturaleza y la mente humana tienen ritmos sabios, lo queremos todo ya. Por fortuna, paralela a esta tendencia globalizada de “El tiempo es oro” se abre camino otra corriente de pensamiento de elogio a la lentitud, que desafía el culto a la velocidad. Nuestro ejemplo más cercano es el de Fernando González, quien con su “Viaje a pie”, y a través de toda su producción literaria, hace apología del hombre elemental. Para él, el filósofo, esa postura a la que todos deberíamos aspirar, es “un rumiante amigo de la lentitud”. Para otro de los adalides más recientes de este movimiento -el periodista canadiense Carl Honoré- “Vivir de prisa no es vivir, es sobrevivir”.